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Ferran Adrià: "La mili fue divertidísima; aprendí el orden y la rigurosidad"

El balón monopolizó su infancia del chef hasta que la necesidad de costear las juergas le puso a fregar platos, germen de su brillante carrera

Ferran Adrià

Un noche de 1985, tal vez de 1986 a la memoria le cuesta precisar tantas fechas, a Ferran Adrià se le sobresaltó el corazón cuando se abrió la puerta de El Bulli. Johan Cruyff apareció bajo las viejas vigas de madera del local y, entonces, el jefe de cocina del ya reputado restaurante se aceleró. Y rompió las reglas. "Es la única persona a la que le he pedido un autógrafo en mi vida; y la chaquetilla", confiesa el archirreconocido chef, instalado en un sofá de su exclusiva joya gastronómica. "Verlo allí fue todo un impacto", recuerda.

Durante años, siendo niño, Ferran Adrià (1962, L'Hospitalet de Llobregat, Barcelona) había soñado con ser Johan Cruyff; con pegarle al balón tan bien como él lo hacía; con emular el carrerón del delantero holandés que, en 1973, había aterrizado en el Barcelona para revolucionar la historia del club azulgrana. Él lo había vivido en primera persona el día de su debut, en el Camp Nou. Como en las ocasiones especiales, su padre le había llevado al campo para que viese cómo, en su primer partido con la camiseta del Barça, Cruyff le marcaba "creo que un gol" en realidad, fueron dos al Granada. Fue una gozada. Y un estímulo más para salir a la Gran Vía de Santa Eulàlia y, con aquella pelota que le habían regalado cuando contaba cinco años, jugar y jugar con Cristóbal, Andreu y el resto de la pandilla. La suya era una calle sin salida de un barrio obrero de LHospitalet. Y tanto servía de cancha de fútbol como de frontón, cuando la muchachada no la ocupaba con las canicas.

"ESTABA DECIDIDO A SER FUTBOLISTA"

"Yo estaba decidido a ser futbolista, así que le pregunté a mi entrenador si pensaba que podía llegar lejos", cuenta el cocinero que, por entonces, jugaba en el Santa Eulàlia, el equipo del barrio. Tenía 12 años. Y el técnico, sincero, le respondió: "Como máximo, a Segunda División". Ferran Adrià recuerda el momento, pero ningún trauma. "Tampoco estaba tan mal", dice. "Pero es que yo no me acuerdo de muchas cosas de niño. No sé si la gente tiene mucha memoria o se lo inventa...", desliza. "Bueno, recuerdo que mi hermano, que era más travieso que yo, me encerraba en el cuarto de baño".

Pero tampoco eso debió de traumatizarlo demasiado, pues él siguió jugando al fútbol, hasta que decidió que quería ganarse la vida. Y entonces, eligió fregar platos, no porque le gustase la cocina sino, simplemente, "porque quería trabajar". Era buen estudiante le gustaban las matemáticas y barajó la idea de hacer Empresariales; nunca se había colado en los fogones de su madre, pero el fútbol era incompatible "los horarios coincidían" con el restaurante, que financiaba sus fiestas. "Yo quería irme a Ibiza de vacaciones y allí salíamos cada noche y, a los 10 días, ya no teníamos ni para comer porque íbamos con cuatro duros", cuenta pausado, mientras el personal de El Bulli se afana .

Tenía 17 años y creyó llegado el momento de "romper" un cordón umbilical que, sin embargo, siguió nutriendo simbólicamente hasta hace apenas cinco años, cuando, al casarse, dejó de ser el titular del cuarto que aún conservaba en casa de sus padres, en LHospitalet. Allí había visto sus primeros programas de televisión, "Los chiripitiflaúticos, los documentales de Rodríguez de la Fuente, algunos partidos de fútbol...", y escuchado sus primeros discos "Una noche en la ópera, de Queen, fue el primero que me compré", rememora, antes de iniciar su exitoso periplo culinario.

Una fulgurante carrera que quizá habría sido diferente si Ferran Adrià no hubiera sido el "cocinero de la tropa" cuando hacía la aborrecida y luego abolida mili, que para él resultó "divertidísima". En la Marina, entre fogones militares, pasó sus guardias, "como un machaca", cocinando para sus compañeros y para Ángel Liberal Lucini, "un personaje muy importante", a la postre el primer Jefe de Estado Mayor de la Defensa.

"Allí, hice muchas prácticas y coincidí con Fermí Puig [chef del Drolma] y con Ramiro, un gran pastelero", evoca Adrià. "Aprendí mucho: el orden, la rigurosidad, la disciplina". Valores, dice, que contribuyeron a hacer de aquella persona "absolutamente normal" el extraordinario cocinero que hoy venera el mundo entero.

Noelia Román


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